Una noche, hace poco, caminaba por las calles oscuras de San Cristóbal, decidida, valerosa y dispuesta a sortear las rampas y cacas en las banquetas, deseando con fe ciega encontrar pronto una cantina en la cual vivir una experiencia digna de ser contada en Cianuro on the rocks, y justo pasaba por La Catrina cuando escuché a una banda de blues y pensé: ¿Es la música la verdadera fuerza de atracción de un lugar?
Hay sonidos que activan cierta región de nuestro cerebro, generando una serie de estímulos en frecuencias altas y bajas, esto en determinado momento se traduce en una decisión: ir o quedarse en casa, invitar a alguien o llegar sola, tomar otra copa o pedir la cuenta, declararte al amor en turno o seguir en la friendzone.
La música es un emblema que cobija los paradigmas de una generación u otra, se vuelve estandarte para ciertos gremios o movimientos, establece códigos de conducta, genera vínculos socio afectivos. La música representa a círculos sociales, por eso cada antro o cada calle refleja en sus paredes las sombras de quienes bailan, embriagándose de la noche y dejándose llevar por sus influjos.
De ahí que veas a la banda jipi con sus tambores haciendo música en pleno andador, a la banda salsera en el Latino´s, a la banda jazzera en el recién inaugurado Be Bop. De ahí que a los dj´s los ames o los odies, que a las bandas les pidas otra o los ignores y que los lugares triunfen o fracasen. Y lo que pase adentro de la fiesta (o afuera, según sea el caso) va a depender de diferentes elementos:
Por obvias razones, el alcojol. Bien servido, pronto y atentamente para no perder el instinto de conservación, una no quiere sentarse y esperar más de 15 minutos, hay prisa por empezar la relajación y la risa absurda, el bla bla bla de la noche, porque, incluso, el espeso transcurrir de las conversaciones diplomáticas se aligera con los alipuces.
Luego claro está, la compañía, ¿con quién quedaste?: ¿primera cita o amigo de años? ¿ligue? ¿trabajo? ¿aniversario? ¿forever alone o nostalgia de cartera? Porque de eso se derivan otras cosas como el tiempo que durará la sesión (si es parranda o sólo un par de copas), la cantidad de dinero que estás dispuesto a gastar (que casi siempre resulta más con la emoción y las cervezas), y por supuesto, si vas a bailar o no.
Por eso, si ya tienes el lugar, el drink coqueto y la compañía, la música te envuelve o te repele. Si el sonido no te deja platicar y vas por una reunión de trabajo, BYE; si vas a ligar y la música no implica perreo, o sea, bailar pegadito, BYE; si vas con tus amigos y la música no está prendida y no dice cosas como “Fuck you puto baboso”, ¡MEGA BYE!
Sólo recuerda una cosa, Baby: la próxima vez que salgas de fiesta elije tu soundtrack, ponle intención a la noche y ritmo a la aventura. Y si nada te complace vuelve a casa y tírate en la cama como toda una experta que pasa de la mala música, los malos tragos y las compañías aburridas (las malas no, porque obvio son las mejores). Y relájate un chingo, fluye con lo que hay y deja que la vida te sorprenda. Quizá hasta te haga bailar sobre la cama.