Hablar de enteógenos en el siglo XXI es hablar también del silencio que ha reinado por siglos en los pueblos que practican su consumo, convirtiéndose en un culto secreto compartido sólo por los integrantes de la comunidad, ante las prohibiciones de los estados nacionales modernos, mismos que al desarrollar sus proyectos niegan las cosmovisiones de los pueblos originarios, por eso mismo, el estudio científico y filosófico de los enteógenos significa reafirmar su importancia dentro de la gran herencia ontológica sagrada.

Pese a lo anterior, también es cierto que existe el discurso de seudo chamanes invitando a la consagración cósmica que sanará almas a través de un viaje de hongos, ayahuasca o peyote. Ellos pretenden señalarte el camino como gurús de la iluminación enteogénica que se anuncian en grupos de Facebook, y cuya actitud y discurso muchas veces violentan y desprestigian la tradición de sacerdotes y sacerdotisas de pueblos originarios, transmisores milenarios de la palabra divina.

De esta manera, los enteógenos se convierten en flotadores metafísicos para quienes toman un tour en el mundo de la psicodelia, la banalidad recreativa con la que el viajero se introduce es una falta de respeto para la planta misma, convirtiéndose en vil profanación de su uso y consumo, es decir, hay una desarticulación con lo sagrado, sustituyendo la experiencia mística con todo lo que una ceremonia o ritual conlleva por una mera cuestión experiencial.

Recordemos que en la cosmovisión tradicional una planta enteogénica adquiere sus propiedades por obra divina. Así fundamentado por estudiosos como Mircea Eliade, los dioses pueden elegir una planta específica a través de la cual se establecerá una forma de comunicación entre humanos y divinidad. De la misma manera en la que los dioses eligen a la planta, también elegirán a los humanos que serán los portadores o guardianes; tal era el caso de las familias que formaban parte del sacerdocio en los antiguos misterios griegos y de las famosas mujeres oráculo.
Es por eso que el sacerdote o la sacerdotisa será aquel humano encargado de resguardar el conocimiento transmitido por la planta, y que a la vez deberá compartir al enfermo, o a los miembros de la comunidad, a medida de iniciación dentro de la experiencia de lo sagrado.

Volviendo a uno de los ejemplos más estudiados por historiadores de la religión como Karl Kerenyi o Walter Otto, son los misterios celebrados por los antiguos griegos, de los que destacan los ofrendados a Dionisio, y los Eleusinos, en honor a Deméter y Perséfone. Estos tres dioses conocidos por reinar el mundo de la vida y la muerte, también se han asociado a las experiencias enteogénicas. Existen muchas evidencias de ello, por ejemplo, la Papaver somniferum vulgarmente conocida como “adormidera”, era usada como adorno por la diosa Deméter; o la hiedra, usada en los rituales dionisiacos y reconocida porque lucía en las cabezas de las bacantes. Dichas plantas también fueron utilizadas y reconocidas junto a deidades antiguas, en cuyas ceremonias se empleaba alguna bebida estimulante, como el kikeon de los rituales eulisinos, revelada por la propia Demeter a Metanira, una de sus seguidoras. Por cierto, Gordon Wasson y Albert Hoftman aseguran que contiene un tipo de hongo capaz de provocar estados de trance.

La relación existente entre dioses y sustancias enteogénicas está presente también en la India, pues una de sus deidades más importantes, Shiva, está asociada a la famosa soma. Actualmente y dado que no se conoce con exactitud qué plantas se empleaban, se ha sustituido por el bahang, una bebida a base de cáñamo utilizada por los yoguis y que al beberla provoca un efecto de conexión con el mundo de los espíritus.
Así como estas, existen muchas pociones sagradas, dentro de las que podemos enumerar al pulque. Para los antiguos aztecas las festividades se acompañaban con cantos y danzas rememorando el origen cosmogónico, y la ceremonia una forma de tránsito de lo profano a lo sagrado; el consumo de plantas enteogénicas formaba parte, y servía como enlace entre la conciencia divina y la humana, pero en ese entonces, tal como ahora, la planta no sólo era un medio sino la divinidad misma ofreciéndose como un fruto de la naturaleza. En pleno trance los humanos se regocijan y fraternalmente celebran la vida o la muerte.

Al igual que el mito griego que sugiere que la viña crece de la sangre de dioses caída a la tierra, el nacimiento de los hongos alucinógenos ocurre cuando Zeus envía uno de sus rayos, y es similar al mito ario que cuenta como el dios Parajanya es quien los engendra de la tierra. Y qué decir de los pueblos oaxaqueños, donde se cuenta que los niños santos nacen donde los rayos caen.
Esta coincidencia que entrelaza el ritual religioso de los hongos mexicanos y el consumo del hongo en los misterios eleusinos, puede ser más profunda: en ambas tradiciones el nombre que se da a los hongos es el mismo, alimento de los dioses. Las evidencias de su consumo se extienden por todo el mundo, desde México hasta Siberia, en donde se cuenta con la Amanita muscaria.

Las sociedades antiguas y los pueblos originarios actuales vivifican la experiencia sagrada del consumo enteogénico, y eso es parte de las enormes escuelas de autoconocimiento que perduran en Wirikuta, en la sierra mazateca y en la espesura de la selva del Amazonas.
¿Será entonces oportuno reconsiderar la manera desde la cual la modernidad consume estas plantas sagradas? ¿Se procurará acaso una alternativa mundial para distinguir el empleo medicinal de plantas de poder del uso de drogas recreativas y sintéticas?
Muchos cuestionamientos se encuentran todavía en el aire y sólo nos queda decir que antes de experimentar hay que aprender a ver y escuchar la voz sutil de los dioses. Y si no la escuchamos es porque todavía no estamos listos…