Lo que no dice el diccionario

por | May 4, 2018 | BLOG

Lo que no “Dice el diccionario que una revelación es una manifestación –a veces divina– de una verdad oculta. Es decir, un instante de epifanía en que el universo nos susurra un trozo de sí; algo inatrapable como, quizá (vamos a ponernos cursis), el misterio de la existencia.

 

Hay a quienes la revelación les llega en el desierto, en la montaña o en el vientre de una ballena. Harto más insignificantes, mis momentos de revelación ocurren sin grandilocuencia. Si acaso, tienen el carácter de las hormigas cuando sueñan y un estremecimiento las encuentra.

Me ocurrió así en Boca del Cielo hace algún tiempo, cuando iba por mi segunda liza frita* y vi acercarse una lancha con dos personas: un viejo notoriamente feliz y un poco ebrio, y un joven de unos 30 años que agitaba una botella en alto y reía desaforado, sepa dios o el diablo por qué. Vendían cocos con ginebra.

Pausa: llamar “coco con ginebra” a ese portento es de botánica vulgaridad. Sobre tragos como ése, sobre poemas y ciencias semejantes en carácter a ese humilde trago de lanchero, se han construido y derrumbado civilizaciones enteras. Y si León de Greiff hubiese probado ese trago, estoy seguro, lo habría incluido en la lista de cosas por las qué cambiar la vida propia (perdida sin remedio) en su Relato de Sergio Stepansky** junto a las panteras de Sumatra y las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra. Pensaba en ello mientras lo bebía, pero no lo dije.

Fue el muchacho (autor del portento con forma de trago) quien comenzó la conversación. Me contó que había vuelto recién hacía unos meses de Nueva York, donde trabajó un par de años en el bar de un restaurante, como otros tantos mexicanos. Fue allí donde aprendió el secreto del coctel (que me dijo y no voy a revelar aquí porque no soy tan miserable, aunque si invitan la ginebra con gusto lo preparo cualquier día).

Excepto por el clima, al parecer no le iba mal en aquel tiempo antes de Trump. Al final, sin embargo, su nostalgia del mar y su vocación de tiburonero pesaron más que la migra y la política, y volvió.

Sobre todo, me habló de tiburones. De una vez, por ejemplo, en que halló la mitad de un hombre, apenas masticado, en el vientre de una de esas criaturas. Habló también de las salvajes condiciones de la vida de los pescadores, esos otros animales diminutos que acaban perdidos siempre en el estómago de bestias infinitas. Habló de naufragios y de las cosas inciertas y temibles que a veces extraen entre las redes. Habló de Dios y del tiempo de la veda, que es el tiempo –ni modo– de vender cocos a los idiotas turistas… es decir, a los otros turistas, no como yo por supuesto, “que se ve que es persona inteligente”.

Como sea, fascinado, sepultado por el alud de ese relato que en mi imaginación ya cobraba dimensiones de prodigio, llegué a mi tercer o cuarto coco. Para ese momento, el muchacho me parecía cada vez más un profeta destinado a señalar el rumbo de la historia humana. Y debe haber tenido prisa por hacerlo, porque luego así nomás él y el viejo (más borracho y sonriente de lo que llegó) treparon de un salto a su lancha. Los vi alejarse y agitar las manos con un gesto que bien pudo ser de lástima pero que significaba solo adiós.

Agité también la idiota, embrutecida mano, mientras imaginaba cómo habría sido nacer junto al mar. Cómo habría sido mi vida si hubiese transcurrido atenta a cada instante a lo vital, a la velocidad del vértigo. Una vida en la que llenaría los sueños de mis hijos con los terrores y maravillas ocultos en las profundidades, hasta el fin del mundo. Una vida en la que les hablaría de mi penosa búsqueda del Norte, de la estrella polar, en la profunda noche del océano, para no perder el rumbo o quizá precisamente para perderlo y, por esa medida, encontrar algo –o conjurarlo–, cualquier cosa, ojalá supiera qué.

Y ésa fue mi revelación mientras igual que el viejo de la lancha, decía también adiós y veía con tristeza el fondo de mi trago: un sorbo apenas que quedaba.

 

NOTAS
* Creo que el restaurante se llama “Yoli” o “Yoyis”, no estoy seguro, pero vale la pena recomendarlo aquí por su buena cocina (limpia, veloz, sabrosa); y sobre todo, por la atención de sus propietarios: una familia muy, muy cálida. Consideren visitarlo si alguna vez se dan una vuelta por Boca del Cielo, en Chiapas.

** El poema comienza así:  “Juego mi vida, cambio mi vida, / de todos modos / la llevo perdida… / Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo, / la dono en usufructo, o la regalo… / La juego contra uno o contra todos, / la juego contra el cero o contra el infinito, / la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito, / en una encrucijada, en una barricada, en un motín; / la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin, / a todo lo ancho y a todo lo hondo / –en la periferia, en el medio, / y en el subfondo… / Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”.